Reflexión

Debo de estar haciéndome mayor. O más aburrida. O más qué sé yo que yo qué sé.

La música sigue estando ahí, en mi vida. Es algo que creo que siempre estará ahí. Pero desde hace un tiempo la estoy viviendo de manera distinta. Quizás por las responsabilidades que han aparecido en mi vida desde hace unos meses hasta ahora. O por otras cosas de las que voy a hablar un poco.

Ya no voy a tantos conciertos como antes. Yo, que no me perdía un sarao y no miraba el bolsillo a la hora de ver a cualquier banda que me gustara un poco. Ahora me sorprendo siendo más práctica y menos visceral. Paso de gastarme 20 euros en una entrada para ver a un americano de estos famosetes en una sala cutre pero mítica de Madrid. Y eso que antes ese sitio no me parecía cutre; antes a ese cutrerío y a esa decadencia, a encontrarte cucarachas en el baño lo llamaba “punk”. Ahora ese rollo “punk” me da algo de rabia, no tanto ya por las cucarachas (han debido de fumigar por fin), sino por el sonido de la propia sala. Nunca ha tenido una acústica destacable. Siempre aprobaba por los pelos. Pero como era “punk”, lo pasaba por alto. El técnico de sonido… No sé si tienen el mismo o dos; uno mejor que otro. Pero de verdad que esa sala no sonaba dos días seguidos igual de bien o de mal… Lo que vengo a decir es que sí, temo gastarme 20 euros para ver a un artista internacional en una sala con un calidad de sonido cuestionable. Temo estar pagando la internacionalidad del artista en cuestión y no la calidad del espectáculo que voy a ver. Y más si el resto del año, cuando voy a un concierto a esa sala me cuesta la entrada 8 euros porque voy a ver a un grupo menos conocido o local. Ahora quiero pagar 20 euros sabiendo que voy a ver y oír todo bien. Y ya empiezo a tener nociones de cuando eso no se me asegura.

Ya no me compro tantos discos. Y no por falta de ganas. Las tiendas de discos están desapareciendo, parece que sólo nos quedan la Fnac y el Corte Inglés. “¡Cómpralos en Amazon!”, diréis. Es una posibilidad, pero soy de esas melómanas nostálgicas a las que les gusta entrar en una tienda de discos y ponerse a cotillear. Y que a veces haya suerte y encuentres ese disco que buscas. O que no encuentres ese disco, pero encuentres otro que no sabías que había reeditado. Y esas cosas. Pero sí, las tiendas de discos están convirtiéndose en rarezas y viendo que chapan tiendas como la Castelló de Barcelona (una visita obligada para esos amantes de las tiendas de Tallers) a uno se le rompe el corazón y pierde la fe en la humanidad. Parece que todo es Spotify y iTunes. Como herramientas me parecen geniales y entiendo que habrá gente que quiere tener la música pero no el soporte físico… Pero insisto: soy una nostálgica del CD y del vinilo. Me gustaría que fuera posible un mundo en el que el soporte físico y lo analógico fueran compatibles con el soporte y el formato digital. Me encanta tener la caja en mis manos y mirar los libretos, analizando el artwork e ilusionándome con la idea de que esas páginas puedan estar firmadas algún día por el artista que me gusta.

Lo poco que conozco de la industria de la música ya no es lo que era. Cada vez veo más bandas que perjudican a su público para beneficiar a los que pueden comprarse una entrada VIP. Y sí, también sé que lo hacen para su propio beneficio económico. Me da pena ver que va a dar igual que hagas cola todo el día para estar en primera fila. Alguien llegará justo cuando se abren las puertas y ocupará ese sitio que quieres porque tiene esa entrada y esas tres letras que significan “Very Important People”. “Persona Muy Importante”.  Siempre he pensado que la música era genial porque nos hacía a todos iguales; se centraba en los sentimientos y en las emociones que nos unían y no en las diferencias que nos dividían. Y ahora pasa esto. Si tienes más dólares, verás mejor a la banda que si no los tienes. El dinero manda, lo entiendo; por las malas, pero lo entiendo. Pero me parece una injusticia y no puedo evitar sentirme decepcionada cuando una banda anuncia entradas de este tipo para sus eventos. Entiendo el derecho a estar en la prueba de sonido, incluso el meet and greet con la banda (aunque ya me parece un endiosamiento innecesario). Pero ocupar un montón de filas delante del escenario y que el chaval que ha esperado horas se quede atrás, tras una valla, a 20 metros del artista en lugar de a uno… Me duele. Me asquea.

Sí, cada vez escribo menos por aquí. No sé si alguien lee esto realmente. Hay cierta amargura y cierta desilusión en mis palabras. Es verdad. Pero sigo pensando que en la música hay muchas cosas buenas y mucha gente que merece la pena y que se esfuerza por hacer que todo lo bueno siga vivo. Las bandas locales que se desloman en cada concierto aunque sólo hayan tres personas en el público y aunque les cueste dios y ayuda pagar el local de ensayo cada mes porque están en el paro; los músicos que se apoyan entre ellos en lugar de pisotearse para ver quién llega más arriba; managers que se esfuerzan por mover a las bandas con labia, conocimientos y calidad, sin recurrir a chupipandis, a influencias y a otros métodos de dudosa moral; los organizadores de festivales que hacen todo lo que pueden para que la escena musical siga viva en este país; todos los profesionales que siguen luchando por sus negocios o por sus proyectos a pesar de ese 21% de IVA que tanto nos está jodiendo a todos y a pesar de que parece que para muy poca gente el arte es un trabajo que merece ser pagado… Porque toda esa gente existe yo no pienso tirar la toalla. No pienso dejar de ir a conciertos aunque no vaya a tantos como antes, voy a seguir comprándome discos aunque tenga que buscar en los rincones más escondidos (o recurrir a las grandes superficies, es lo que hay) y a promocionar a las bandas que me parezca que merecen la pena. Porque la música tiene que estar siempre presente, yo voy a estarlo también y espero dar guerra mucho tiempo.

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